El crepúsculo avanzaba hacia el horizonte, marcado por las techos de los edificios grises tan típicos de la ciudad; el sol luchaba por brillar algunos segundos más. El invierno acababa de empezar en una ciudad tropical, no hacía un frío inclemente sólo una brisa templada desde el norte. Estamos en Caracas, 1987. La gente parecía apresurada, intentaban llegar a casa lo más pronto posible. Nadie lo sabía, pero todos podían sentirlo. Desde el cielo todos parecían pulgas abriéndose paso por las calles en miniatura, aunque daba la impresión de que todo estaba en calma y que todos esos problemas que agobiaban a la multitud eran completamente insignificantes. Pero había un hombre, un hombre que se podía divisar desde las alturas, su mente parecía atorada en banalidades, se veía cansado y algo molesto, caminaba encorvado aunque era larguirucho de contextura y llevaba un maletín en el que parecía cargar su alma.
Daniel Martínez caminaba obstinado de la vida, de su propia vida. Quería algo emocionante, aún no era viejo; todavía podía sucederle algo fabuloso e inimaginable. Pero la realidad continuaba asechándole, pues recordaba los comentarios de sus amigos de siempre. Daniel, no eres aburrido sólo te gusta andar sobre seguro, Alejandro le dio una palmada en el hombro mientras tomaba un trago de su cerveza. Daniel recordaba haberlo visto con una cara de perros. Alejandro jamás comprendería, siempre fue de esas personas impredecibles, con muchas mujeres a su disposición, una suerte impresionante para los negocios - siempre fueron decisiones al azar - y las mujeres lo describían como un hombre muy guapo.
Yo siempre fui todo lo contrario, pensó Daniel mientras sus pies lo arrastraban a casa. Sabía que nadie lo esperaba. Su casa cerca de Parque Central siempre estaría sola, con sus discos llenos de polvo. Cuando abrió la puerta y dio dos pasos dentro de su estrecho apartamento tipo estudio, arrojó su maletín al sofá de mala calidad y, mientras daba vueltas a su llave dentro de la cerradura, se magulló el codo contra la encimera de la cocina. Siempre había odiado ser tan alto y tener un hogar tan estrecho. Ahora se daba cuenta que todo estaba muy oscuro y palpó las paredes hasta encontrar el interruptor.
Daniel se sentó frente al televisor sin embargo no lo encendió. Se preguntó cual habría sido el motivo de que Dios lo castigara de esa manera. No había hecho nada merecedor de aquella prisión monótona e infinita. Sintió deseos de correr de aquel lugar. Se asfixiaba en pensamientos suicidas, nunca se le había cruzado esa posibilidad por la mente y ahora resultaba muy atractiva.
Escuchó la voz de una mujer cruzando el silencio interminable que transcurría dentro de su apartamento. No tuvo la necesidad de voltear para saber que no había nadie, ya tenía mucho tiempo alucinando levemente. Se levantó, apagó las luces y miró el atardecer por su ventana; aún quedaban los últimos minutos de un atardecer destinado a morir. Pero él recordaría esos colores. De pronto se sintió como un adolescente, todas las cosas que se había propuesto las había dejado de lado y ahora es lo que siempre detestó, un anónimo en la ciudad detestable en la que creció. El niño en él se encogió del corazón y le dio la espalda.
Ahora era lo que nunca quiso ser. Pero no importaba, ya había decidido lo que iba a hacer y también había hecho la resolución de que no le importaría lo que los demás dirán de su atrocidad.